Catequesis del Papa Francisco

LA ALIANZA DE ANCIANOS Y NIÑOS SALVARÁ A LA FAMILIA HUMANA 17-AGO-2022

 

Las palabras del sueño profético de Daniel, que hemos estado escuchando, evocan una visión de Dios tan misteriosa como radiante. Se retoma al principio del libro del Apocalipsis y se refiere a Jesús resucitado, que se presenta al vidente como Mesías, Sacerdote y rey eterno, omniscente e inmutable. Pone su mano en el hombro del Vidente y le tranquiliza: ¡No temas! Yo soy el Primero y el Último y el Viviente. Estaba muerto, pero ahora vivo para siempre. Así desaparece la última barrera de miedo y angustia que siempre ha suscitado la teofanía: El Viviente nos tranquiliza. Nos da seguridad. Él también ha muerto pero ahora ocupa el lugar que le corresponde: el de Primero y el Último.

En este entretejido de símbolos, hay un aspecto que quizás nos ayude a comprender mejor la conexión de esta teofanía, esta aparición de Dios, con el ciclo de la Vida, el tiempo de la historia, el señorío de Dios sobre el mundo creado. Y este aspecto tiene que ver precisamente con la vejez. La visión transmite una impresión de vigor y fuerza, nobleza, belleza y encanto. Su vestido, sus ojos, su voz, sus pies, todo es espléndido. Es una visión. Su pelo, sin embargo es blanco: como la lana, como la nieve. Como la de un anciano. El término bíblico más común para referirse a un anciano es zaqen de zaqan que significa barba. EL cabello blanco como la nieve es el símbolo antiguo de un tiempo muy largo, de un pasado inmemorial, de una existencia eterna. No hay que desmitificar todo con los niños: la imagen de un DIos anciano con el pelo blanco como la nieve no es un símbolo tonto, es una imagen bíblica noble e incluso tierna. La figura que se encuentra entre los candelabros de oro en el Apocalipsis coincide con la del Anciano de los Días de la profecía de Daniel. Es tan antígüo como toda la humanidad e incluso más. Es tan antígüo y nuevo como la eternidad de Dios. Porque la antigüedad de Dios es así, antigüa y nueva. Porque Dios nos sorprende siempre con su novedad. Siempre viene a nuestro encuentro de una forma especial para cada momento para nosotros

 

 

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La vejez debe de dar testimonioo a los hijos de su bendición: consiste en su iniciación - bella y difícil - en el misterio de un destino a la vida que nadie puede aniquilar. Ni siquiera la muerte. Dar testimonio de la fe delante de un niño es germinar esta vida. Es más, dar testimonio de humanidad y de fe es la vocación de los ancianos. Dar a los niños la realidad que han vivido como testimonio, dar el testigo. Los ancianos estamos llamados a esto, a dar el testigo para que  ellos lo lleven adelante.

 

El testimonio de los ancianos es creíble para los niños: los jóvenes y adultos no son capaces de hacerlo tan auténtico, tan tierno , tan conmovedor, como los ancianos. Cuando la persona mayor bendice la vida que le llega, dejando de lado todo resentimiento por la vida que se va, es irresistible. No esta dolido porque pasa el tiempo y está por irse, no. Es la alegría del buen vino, del buen vino que se ha hecho bueno con los años. El testimonio de los ancianos une las edades de la vida y las propias dimensiones del tiempo : pasado , presente y futuro. No son solo la memoria, también el presente y también la promesa. Es doloroso - y perjudicial - ver las edades de la vida concebidas como mundos separados y en competencia, cada uno de los cuales trata de vivir a expensas del otro. La humanidad es antígua, muy antígüa si miramos la hora del reloj.

 

Pero el Hijo de Dios, que nació de mujer, es el Primero y el Último de todos los tiempos. Significa que nadie queda fuera de su generación eterna, de su poder maravilloso, de su cercanía amorosa.

 

La alianza de ancianos y niños salvará a la familia humana, donde los niños y jóvenes hablan con los ancianos, hay futuro. Si no se da este diálogo entre los ancianos y jóvenes es que el futuro no se ve claro. La alianza de ancianos y niños salvará a la familia humana. ¿Podríamos devolver a los niños, que deben aprender a nacer, el tierno testimonio de los ancianos que poseen la sabiduría de la muerte? ¿Podrá esta humanidad, que con todos sus progresos nos parece una adolescente nacida ayer, recuperar la gracia de una vejez que encierra el horizonte de nuestro destino? La muerte es sin duda un pasaje difícil en la vida para todos nosotros, todos debemos pasar por allí, pero no es fácil. Pero también el pasaje que cierra el tiempo de la incertidumbre y desconecta el reloj. Porque la belleza de la vida, que ya no tiene fecha de caducidad, comienza precisamente entonces. Pero comienza de la sabiduría, de aquel hombre y mujer ancianos que son  capaces de dar a los jóvenes el testigo. Pensemos en el diálogo, en la alianza de ancianos y niños, y busquemos que esta unión no sea interrumpida. Que los ancianos tangan la alegría de hablar y expresarse con los jóvenes. Y que los jóvenes busquen a los ancianos para coger ellos la sabiduría de la vida.

 

 

UN SANO EQUILIBRIO ENTRE MODERNIDAD Y CULTURAS ANCESTRALES 3-AGO-2022

 

Hoy quisiera compartir con vosotros algunas reflexiones sobre el viaje apostólico que realicé a Canadá los días pasados. Se ha tratado de un viaje direrente a los otros. De hecho, las motivación principal era la de encontrar a las poblaciones originarias para expresarles mi cercanía y mi dolor y pedir perdón por el daño que les hicieron aquellos cristianos, incluidos muchos católicos, que en el pasado colaboraron en las políticas de asimilación forzada y liberación de los gobiernos de la época. En este sentido, en Canadá se ha iniciado un recorrido para escribir una nueva página del camino que desde hace tiempo la Iglesia esta realizando junto con los pueblos indígenas. Y de hecho el lema del viaje "Caminar juntos" explica un poco esto. Un camino de reconciliación, de sanación, que presupone la conciencia histórica, la escucha de los supervivientes, la toma de conciencia y sobre todo la conversión, el cambio de mentalidad. De esta profundización resulta que , por un lado, algunos hombres y mujeres de Iglesia han estado entre los más decididos y valientes defensores de la dignidad de las poblaciones autóctonas, poniéndose de su lado y contribuyendo al conocimiento de sus lenguas y culturas; pero , por otro lado, lamentablemente no han faltado cristianos, es decir sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos que han participado en programas que hoy entendemos que son inaceptables y también contrarios al Evangelio. Y por esto yo he ido a pedir perdón en nombre de la Iglesia. Por tanto fue una peregrinación penitencial. Muchos fueron los momentos de alegría, pero el sentido y el tono de conjunto fue reflexión, arrepentimiento y reconciliación. Hace cuatro meses recibí en el Vaticano, en grupos diferentes, a los representantes de los pueblos originarios: en total fueron seis reuniones, para preparar un poco este encuentro.

 

Las grandes etapas de la peregrinación fueron tres: en Edmonton en la parte occidental del país. La segunda en Quebec en la parte Oriental y la tercera en el norte en Iqaluit a unos 300Km quizás del Círculo Polar Ártico. El primer encuentro tuvo lugar en Maskwacis, que significa colina del oso, donde se dieron cita jefes y miembros de los principales grupos indígenas de todo el país: primeras naciones, Métis e Inuit. Juntos hemos hecho memoria: la buena memoria de la historia milenaria de estos pueblos, en armonía con su tierra: esta es una de las cosas más hermosas de los pueblos originarios, la armonía con la tierra. Nunca maltratan la creación, nunca. En armonía con la tierra. Y también hemos recogido la memoria dolorosa de los abusos sufridos, también en las escuelas residenciales, a causa de las políticas de asimilación cultural.

 

Después de la memoria, el segundo paso de nuestro camino fue el de la reconciliación. No un acuerdo entre nosotros - sería una ilusión, un montaje - sino un dejarse reconciliar por Cristo, que es nuestra paz. Lo hemos hecho teniendo como referencia la figura del árbol, central en la vida y en la simbología de los pueblos indígenas.

 

Memoria, reconciliación y finalmente sanación. Hemos dado este tercer paso del camino en la orilla del lago Santa Ana, precisamente en el día de la fiesta de los santos Joaquín y Ana. Todos podemos recurrir a Cristo, fuente de agua viva y allí, en Jesús hemos visto la cercanía del Padre que nos da la sanación de las heridas y también el perdón de los pecados. De este recorrido de memoria, reconciliación y sanación brota la esperanza para la Iglesia, en Canada y en todos los lugares. Y ahí la figura de los discípulos de Emaús quue después de haber caminado con Jesús resucitado con Él y gracias a Él pasaron del fracaso a la esperanza.

 

Como decía al principio, el camino junto a los pueblos indígenas ha constituido la espina dorsal de este viaje apostólico. Sobre ella se construyeron dos encuentros con la Iglesia local y con las autoridades del país a dichas autoridades deseo renovar mi gratitud sincera por la gran disposición y la cordial acogida que me han reservado a mi y a mis colaboradores.

 

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Y en el signo de la esperanza fue el último encuentro en la tierra de los Inuit, con jóvenes y ancianos. Y os aseguro que n estos encuentros, sobre todo el último, he tenido que sentir como bofetadas el dolor de esa gente: los ancianos que han perdido a los hijos y no sabían dónde estaban, por esta política de asimilación. Fue un momento muy doloroso pero  se tenía que dar la cara: tenemos que dar la cara delante de nuestros errores, de nuestros pecados. También signo de los tiempos: jóvenes y ancianos en diálogo paraa caminar juntos en la historia entre memoria y profecía, que están en consonancia. Que la fortaleza y la acción pacífica de los pueblos indígenas de Canadá sea de ejemplo para todas las poblaciones originarias a no cerrarse, sino a ofrecer su indispensable contribución para una humanidad más fraterna, que sepa amar la creación y al Creador, en armonía con la creación en armonía entre todos vosotros.

LA VEJEZ ES UNA PROMESA, QUERER LA ETERNA JUVENTUD ES DELIRANTE 10-AGO-2022

 

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

 

Hemos llegado a las últimas catequésis dedicadas a la vejez. Hoy nos adentramos en la conmovedora intimidad de la despedida de Jesús de los suyos, ampliamente recogida en el Evangelio de Juan. El discurso de despedida comienza con palabras de consuelo y de promesa "No se turbe vuestro corazón". "Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar volveré y os tomaré conmigo para que donde esté yo estéis también vosotros". Hermosas palabras estas del Señor.

 

Anteriormente, Jesús le había dicho a Pedro : Tú "me seguirás más tarde" recordándole el paso a través de la fragilidad de su fe. EL tiempo de vida que les queda a los discípulos será inevitablemente, un camino a través de la fragilidad del testimonio y a través de los desafíos de la fraternidad. Pero tambien será un camino a través de las emocionantes bendiciones de la fe: "el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores" ¡Piensen que promesa es esta! No śe si pensamos a fondo creo que no...

 

La vejez es el momento propicio para el testimonio conmovedor y alegre de esta espera. EL anciano y la anciana están a la espera, a la espera de un encuentro. En la vejez, las obras de la fe, que nos acercan a nosotros y a los demás al Reino de Dios están ya más allá del poder de las energías, palabras e impulsos de la juventud y la madurez. Pero hacen aún más transparente la promesa del verdadero destino de la vida. ¿Y cual es el verdadero destino de la vida? Un lugar en la mesa con Dios, en el mundo de Dios. Sería interesante ver si existe alguna referencia específica en las Iglesias locales, destinada a revitalizar este minsiterio de la espera del Señor - fomentando los carismas individuales y las cualidades comunitarias de la persona mayor.

 

Una vejez que se consume en el desconsuelo de las oportunidades perdidas trae consigo el desconsuelo para uno mismo y para todos. EN cambio, la vejez vivida con dulzura, vivida con respeto porla vida real disuelve definitivamente  el malentendido de una potencia que debe bastarse a sí misma y a su propio éxito. Incluso disuelve el malentendido de una Iglesia que se adapta a la condición mundana, pensando así en gobernar definitivamente su perfección y realización. Cuando nos liberamos de esta presunción, el tiempo de envejecimiento que DIos nos concede es ya en sí mismo una de esas obras "mayores" de las que habla Jesús. De hecho, es una obra que a Jesús no le fue dada: ¡su muerte, resurrección y ascensión al cielo la hicieron posible para nosotros! Recordemos que "el tiempo es superior al espacio".

 

Es la ley de la iniciación. Nuestra vida no esta destinada a cerrarse sobre sí misma, en una imaginaria perfección terrenal: está destinada a ir más allá, a través del paso de la muerte - por que la muerte es un paso - . En efecto, nuestro lugar estable, nuestro punto de llegada no está aqui, está junto al Señor donde Él habitaba para siempre. Aquí en la tierra comienza el proceso de nuestro noviciado: somos aprendices de la vida que - en medio de mil dificultades - aprendemos a apreciar el don de Dios, honrando la responsabilidad de compartirlo y hacerlo fructificar para todos. El tiempo de vida en la tierra es la gracia de este paso. La pretensión de detener el tiempo - querer la juventud eterna, la riqueza ilimitada, el poder absoluto - no solo es imposible, sino que es delirante. Nuestra existencia en la tierra es la iniciación a la vida: es vida pero que te lleva adelante a una vida más plena, la iniciación de una más plena: una vida que sólo encuentra su plenitud en Dios. Somos imperfectos hasta el final.

 

En el cumplimiento de la promesa de Dios, la relación se invierte: el espacio de Dios, que Jesús nos prepara con todo cuidado, es superior al tiempo de nuestra vida mortal. Pues bien: la vejez acerca la esperanza de esta realización. La vejez conoce definitivamente el sentido del tiempo y las limitaciones del lugar en que vivimos nuestra iniciación. La vejez es sabia por eso: los ancianos son sabios por eso. Por eso es creíble cuando nos invita a alegrarnos del paso del tiempo: no es una amenaza, es una promesa. La vejez que redescubre la profundidad de la mirada de la fe, no es conservadora por naturaleza, como dicen. El mundo de Dios es un espacio infinito, sobre el que el paso del tiempo ya no tiene ningún peso. Y fue precisamente en la Última Cena cuando Jesús se proyectó hacia esta meta, cuando dijo a sus discípulos : "Desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre. Fue más allá. En nuestra prédica, el Paraíso suele estar justamente lleno de dicha luz, de amor. Quiźa le falte un poco de vida. Jesús en las parábolas hablaba del Reino de Dios poniendo más vida. ¿Ya no somos capaces de esto nosotros, al hablar de la vida que continúa?

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La vejez es la fase de la vida más adecuada para difundir la alegre noticia de que la vida es una iniciación a una realización final.

Los viejos son una promesa, un testimonio de promesa. Y lo mejor esta por llegar. Lo mejor esta por llegar: es como el mensaje del anciano y de la anciana creyentes, lo mejor está por venir. ¡Que Dios conceda a todos nosotros una vejez capaz de esto!

 

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