1. INTRODUCCIÓN
Los constantes avances de las ciencias y de la técnica han supuesto desde la antigüedad, no solo un cambio en nuestras vidas, sino una interpelación al hombre, llevándonos a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre qué es aquello que nos es esencial, irrenunciable, característico, y qué es aquello en lo que podemos ser ayudados e, incluso, sustituidos. A modo de ejemplo: cuando el terreno lo permite, nadie piensa hoy en arar con bueyes o sembrar a mano, a menos que la agricultura sea una mera afición y no un modo de subsistencia. Igualmente, nadie realiza a mano cálculos complejos, como raíces cuadradas. Ahora bien, hay cosas que, aunque puedan ser facilitadas por la tecnología, no nos conviene olvidar, como saber orientarnos en una montaña en caso de necesidad, o realizar las más elementales operaciones de cálculo mental para desenvolvernos en nuestra vida cotidiana.
Pero la cuestión no solamente se encuentra en qué es lo que la tecnología puede hacer por nosotros, sino en quién es el sujeto que se sitúa ante ella, y cómo puede verse afectado por esa interacción. Naturalmente, la tecnología facilita mucho algunas cosas, somos perfectamente conscientes de ello. El problema realmente grave surge cuando el horizonte de nuestra vida se estrecha para abarcar solamente aquello que la tecnología puede realizar, determinando nuestra forma de comprender qué es ser humanos. De algún modo, la tecnología contribuye a crear un espejo en el que podemos vernos reflejados. Así, quizás no se trate tanto de ir más allá de los límites de lo humano, cuanto de preguntarnos qué hace verdaderamente humana nuestra existencia.
Es manifiesto que la tecnología ha ido irrumpiendo en nuestras vidas de manera creciente, podría decirse que a un ritmo vertiginoso, y ha asumido una omnipresencia en la práctica que se ha hecho especialmente visible desde la generalización de internet o la aparición de los smartphones. La pandemia del covid-19 puso de manifiesto, entre muchas otras cosas, el grado de penetración de las tecnologías en nuestras vidas y no sólo eso, sino que contribuyó a darle una vuelta de tuerca, o varias. Desde entonces el mundo es, sin duda, mucho más dependiente de las tecnologías, mucho más acelerado y no parece ser mucho más humano.
En los últimos años, especialmente desde el lanzamiento al gran público de ChatGPT a finales de 2022, la denominada inteligencia artificial se ha revelado, de manera creciente, como un importante actor en nuestras vidas y por tanto, en un tema de interés para todos los ámbitos: educativo, médico, económico, bélico, ... y por supuesto, eclesial. Merece la pena, o más bien, es indispensable, una reflexión sobre el hombre ante estas tecnologías, en concreto sobre la IA.
El término inteligencia artificial acuñado por John McCarthy para el curso del verano de 1956 en el Dartmouth College implica crear una máquina capaz de realizar funciones que serían calificadas como inteligentes como si fuera un ser humano el que las realizara. Los avances sucesivos de esta tecnología han mostrado que esta definición debía ser ampliada, pero a la vez han popularizado el término inteligencia artificial, lo cual puede llevar a diversos equívocos y reducciones: considerar que, efectivamente, una máquina piensa, restringir nuestra inteligencia a aquello que se asemeja a lo que una máquina puede hacer o lo que es más grave, a empequeñecer así la mirada sobre el hombre, reduciéndolo a su mente y esta a una suma de datos.
La convivencia con las nuevas formas de IA ha cambiado nuestra forma de realizar muchas tareas y de interactuar con el mundo, con nosotros mismos, con los demás e incluso con Dios. Nuevamente volvemos a lo dicho anteriormente: la clave es si nos complementa, nos ayuda o sencillamente nos sustituye, nos empequeñece, nos mutila. Estamos llamados a ser protagonistas de la respuesta que demos a esta cuestión.
2. En un cambio de época, entre la utopía y la distopía
La irrupción generalizada y consciente de la IA no ha sucedido precisamente en un momento plácido de la historia, sino dentro de nuestro vertiginoso presente que ha sido calificado como un cambio de época por algunos como el Papa Francisco. En medio de la convulsa aceleración, la irrupción de estas tecnologías nos reclama a una renovada exploración del misterio del ser humano. Nos obligan a salir de seguridades adquiridas y reconocemos que pueden suscitar temores, no todos infundados.
La irrupción de la IA en nuestro presente y en especial la supuesta llegada futura de IA general, que llegue a igualar o superar a la inteligencia humana, se sitúa en relación con un complejo y pintoresco marco ideológico acerca de la identidad del ser humano y de su futuro. Es el de los denominados transhumanismo y posthumanismo que aunque presentan numerosos puntos de intersección, también ofrecen diferencias.
El transhumanismo antropocéntrico y optimista plantea la superación de los límites de la especie humana, en clave de mejora rediseñando al ser humano en busca de la inmortalidad inmanente.
Por su parte el posthumanismo supone una crítica al humanismo tradicional, volviendo fluida la frontera entre lo humano y la máquina. Busca deconstruir lo humano, en una actitud de fuga de la realidad.
Los principales exponentes de estas corrientes de pensamiento generan una serie de profecías sobre el futuro de la humanidad, extrapolándo sus propuestas, planteando escenarios en los que los humanos se relacionarán con las tecnologías de modos que suscitan hoy numerosos interrogantes y prevenciones. En realidad, proponen una nueva visión de la realidad que comporta también una nueva antropología.
Además son muchos los relatos de ficción que configuran nuestro iumaginario con respecto a la relación con las máquinas, planteándose incluso escenarios de carácter distópico, en los que las máquinas pueden controlar a la humanidad e incluso destruirla. Estos relatos sobre un futuro ficticio pueden ofrecer preguntas interesantes al presente real, especialmente porque la imaginación humana puede ir más allá del desarrollo actual de la técnica y plantear cuestiones interesantes sobre aspectos que aun no son materialmente posibles.
Ahora bien, debemos de estar atentos, porque el dirigir nuestro interés hacia el futuro, además de causar miedos que en algunos casos pueden ser exagerados. Ante todo nos puede llevar a olvidar los retos del presente, incluyendo el empeño por la paz, la justicia y el bien común, sin olvidar a los más desfavorecidos.
Somos plenamente conscientes de que la tecnología ya modela hoy, en muchos modos, nuestras vidas y debemos ofrecer una propuesta adecuada, que no reduzca nuestra verdadera estatura. No se trata tanto de ir más allá de los límites de los humano , sino de preguntarnos qué hace verdaderamente humana nuestra existencia en el presente.
3. El cristianismo ofrece una palabra al hombre: Cristo es la clave de la antropología
Se ha puesto ya de manifiesto que la inteligencia artificial y el resto de desafíos tecnológicos suponen a su vez desafíos antropológicos, que nos obligan a reflexionar sobre qué es el hombre y cómo se responde a los interrogantes planteados por la tecnología desde esta reflexión.
Ante esto, es razonable preguntarse si el cristianismo tiene algo que decir con respecto al hombre y consiguientemente con respecto a estos retos que se le presentan. Avanzamos que la respuesta es sí naturalmente y que Jesucristo es el auténtico espejo en el que el hombre debe mirarse. Para ello, nos remitimos al que posiblemente sea el texto más conocido y citado del Concilio Vaticano II
-El Papa ha hablado en numerosas ocasiones sobre estos temas en discursos y encuentros. ¿Habrá una encíclica sobre la inteligencia artificial en esta pontificado?
- Es posible, pero creo que no. Ahora podría ser el mejor momento, porque la IA está evolucionando muy rápidamente. Probablemente la estén preparando,
pero es un tema demasiado denso para lo rápida que es esta tecnología. El Papa Francisco está hablando de ello, sugiriendo mucha documentación pero todavía hay que esperar un poco para tener un
frente tecnológico más consolidado y tomar algún tipo de expresión al respecto.